¿Qué pasaría si esta Navidad no nos trasladáramos a un tiempo pasado que tuvo lugar hace dos mil años? La Navidad tiene lugar en la actualidad más que nunca. Pues el abismo entre ricos y pobres es cada vez más grande. Los ricos acumulan y muchos están sentados, dicho simbólicamente, sobre sus lingotes de oro, de forma parecida a aquel tiempo. Por favor, tengamos entonces todos nosotros más corazón por nuestros semejantes e impidamos que ante el sentimentalismo navideño, perdamos una visión clara de las cosas.
La mayoría sentimos que lo que se nos presenta como Navidad no puede ser cierto, tratándose en definitiva de una patraña. Al fin y al cabo es el nombre de Jesús el que se utiliza como reclamo, por eso merece la pena preguntarse: ¿Qué diría hoy en día Jesús sobre todas estas luces y trajines navideños? ¿Cómo se comportaría El? ¿Qué nos aconsejaría y qué haría? A pesar de la ridiculización una fiesta navideña tan mundana, Su fuerza brilla en cada corazón de buena voluntad. Su luz sagrada alcanza en todo el mundo a muchas personas y por eso muchos pueden sentir en su corazón y decir: “Podemos rezar, podemos comprender a María y José.
Recuerde ahora a todas la madres que pronto darán a luz a sus hijos y en muchos casos aún hoy no saben en qué cunita lo pondrán, entonces deje que hable su corazón. Rece y sentirá que se hace la Navidad, allí, en su corazón. Y si está dispuesto a pensar en su vida diaria, una y otra vez sobre Belén, sus días se volverán más soleados, su corazón se conmoverá. Seguro que no se volverá sentimental, pero se volverá más blando y reflexivo. Una cierta claridad en la visión da valor para no aceptar sin más todo lo que nos presenta la Iglesia.
No olvidemos reflexionar sobre nuestra vida; celebremos la Navidad los doce meses del año, o recordamos una y otra vez que el Niño del pesebre se convirtió en adulto, que Cristo resucitó y que nuestro Redentor nos trajo una enseñanza. Jesús, el Cristo, llama una y otra vez a la puerta de nuestro corazón. Y nos dice: “Yo, Jesús, el Resucitado, traje a los hombres la enseñanza de los Cielos. Fui crucificado y resucité, regalé a todas las almas y hombres el destello de la libertad, de la resurrección, una luz en el camino hacia el hogar del Padre. Mi vida como Jesús fue y es el amor del Padre eterno por Sus hijos, pues Yo Soy el camino, la verdad y la vida”.
Jesús, el Cristo, llama por tanto una y otra vez a la puerta de nuestro corazón y nos pregunta: ¿Me dejas entrar?, ¿Me ofreces albergue en tu corazón, practicando lo que te enseñé siendo Jesús de Nazaret, es decir, las legitimidades del amor, del Cielo y la luz redentora, para que conmigo vayas al Padre? Yo Estoy muy cerca de ti. ¿Quieres abrirme tu corazón? Así busca albergue el Hijo de Dios en nosotros.
Estimados amigos celebre por una vez una Navidad diferente. Tal vez haya quien quiera reflexionar sobre esto. Merece la pena porque fue el Hijo de Dios quien vino hace 2000 años como Corregente del Cielo a nosotros, como el niño Jesús. Creció con María y José, sus padres. Y estuvo acompañado por el Espíritu, Su Padre, nuestro Padre. Nuestro Padre eterno nos envió a Su Hijo, para que nos trajera la fuerza de la vida desde la fuerza primaria. Es la fuerza redentora. Y en el Gólgota, en la cruz, se desprendió de su herencia divina con las sencillas palabras: “Está consumado”, así Su gran regalo de amor entró en nuestras almas. Desde entonces la luz del Cielo nos sostiene y apoya. Y nos muestra también el camino de regreso a la casa del Padre.








